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Estación Literaria: Nelson Alonso

  • hace 2 días
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: hace 5 horas

The Sad Family (1935), de Franz Sedlacek
The Sad Family (1935), de Franz Sedlacek

Por Diego Oliva Lobo


Para esta edición de la Estación Literaria, presentamos una selección del poemario más reciente de Nelson Alonso, Autobiografía de mis pasos. Este texto fue ganador de los Juegos Florales en la rama de Poesía, y con justa razón. Es una colección de poemas con una estructura textual (partes, prólogo, epílogo) y levemente musical (interludios). En su contenido, la única voz del poemario hace un recorrido exploratorio hacia las profundidades de su ser, donde describe imágenes en distintos tonos de gris con una vulnerabilidad admirable. Hay incertidumbre, dolor, zozobra, desesperanza, sentimientos muchas veces trágicamente enlazados a la familia, y filtrados bajo la muy fina sensibilidad de Alonso. Ejemplo de ello es la siguiente estrofa, que pertenece al segundo poema de la segunda parte, y explica, de forma científica e impersonal, una contradicción del llanto por la vida vivida y la soledad no deseada:


Pero la distancia hace 

que la retina se convierta en lágrima, 

que la emulsión de agua 

sea una palabra de confrontación 

entre la soledad y mis pies.


La presente selección responde a la exhibición de versos de gran efecto que no requieren tanto de su contexto textual. En la poesía no se suele necesitar leer todo un poemario para poder entender un solo poema. Pero, dada su estructura, suponemos que el poeta tiene la intención de que se lea de la a a la zeta, y, realmente, muchos de los otros poemas se interiorizan mejor al captar las atmósferas que acechan en cada segmento. Por eso mismo, nuestra intención es plantar la curiosidad en las y los lectores para que busquen y lean el libro en su totalidad, porque, a pesar de sus parcas treinta y un páginas —descontando los paratextos—, el libro contiene una multitud de temas y detalles. De verdad, no damos abasto si hablamos más. No podremos explayarnos sobre las invocaciones al silencio con distintas entidades o lugares que la voz lírica hace, ni comentar aquellas líneas que podrían considerarse aforismos por su contundencia. Para eso, los invitamos a comunicarse, a través de Facebook, con el autor o los editores para adquirir una copia física del libro.


Así pues, esperamos que esta brevísima antología encuentre su merecido y gustoso proceso de disección hecho por ustedes.






Primera parte


4


No me interesan los días: 

estos han destrozado las flores de mi huerto.


¿Quién pensó que mi patio jamás buscó fertilidad?


Nadie detuvo sus pensamientos en las cosas más pequeñas

(mi habitación es tan pequeña 

que apenas cabe la renuncia de mi fe). 


Mamá, observándome,

pretende que soy el espectro de su hijo, 

pero no sabe que soy la flor descomponiendo su jardín.


8


Los niños del fondo negro muestran su negra sonrisa: 

«Demasiado traviesos, ya la cagan» dicen, 

y pienso que la autocompasión 

es uno de los problemas de nuestro siglo. 


Del fondo negro emerge 

una constelación de árboles y agua. 

La cabeza alzada 

emite un grito apenas audible, 

caracola cerca de los tímpanos 

reventados por el dolor.


¿Y qué es el dolor sino repercusión del odio?

Odiar la mano es pretender que carecemos de cuerpo; 

besar los dedos es un origen de la rigidez. 


Si la descripción aparenta un destello de realidad 

¿quién soy para abandonarme al problema?


Apenas puedo elevar mis brazos, 

apenas mis ojos aterrizan 

sobre las espaldas amoratadas de tanta lluvia. 


Sus manos tiemblan 

porque la abstinencia tiene el nombre de los padres, 

de hijos entumecidos por años y silencios. 


Pero, en las cuencas del corazón, 

su palpitar desencadena la rabia 

cuando una brisa corrompe 

la tuberculosa necesidad de imitar al pájaro,

cuyas alas son la epifanía de la cera. 


Arde, arde, arde. 


No hay verbo en las plumas, 

hay niños en el fondo negro 

sonriendo a la cámara de gas.


Los problemas de nuestro siglo 

son repeticiones 

de quienes olvidaron la infancia.



Segunda parte


2


Soy repetición, 

inquebrantable repetición 

de temas que desplazan mis labios. 

Sobre la mesa, 

un festín de ojos deambula 

para llorarme un poco más. 


Pero la distancia hace 

que la retina se convierta en lágrima, 

que la emulsión de agua 

sea una palabra de confrontación 

entre la soledad y mis pies. 


Veo sombras envolviendo mi cuarto, 

rastros de óxido sobre las sábanas de botulina. 


Soy repetición, 

la búsqueda inquebrantable 

de una identidad que nunca tuve, 

rostro que se impregna de sangre 

sobre una página amarilla, 

hoja de repeticiones 

y repeticiones 

y repeticiones, 

como recuerdo fragmentado por la lluvia, 

cual viaje al cuarto de la par… 

porque los rostros me observan

con el color del miedo 

y el odio de mis padres 

es la ternura del puño sobre la pared.



Tercera parte


2


Mi tierra es árbol en el desierto… 

y el diluvio, 

mano furiosa que rompe la eternidad. 


Por eso, se desploma lentamente: 

sufre con nosotros, 

y sus ramas existen para aliviar nuestro dolor. 


Mi llanto es donde la guerra edificó su casa;

la corteza plagada por todos nuestros muertos… 

porque desconocemos el suelo a través de sus raíces. 


Sin embargo, el sol existe y es mortal; 

el agua cae, 

y sus labios parecen como de titanio y hierbabuena. 


La vida desmorona al árbol 

y nos pensamos felices. 


Pero el árbol ha muerto, 

sus ramas verdes fueron teñidas 

por algún fanático de la esperanza.


Entonces, llegaron las termitas, 

lo acogieron entre sus dientes 

y, alzando las banderas, 

lo llamaron Libertad.



Epílogo: del poema


En las manos del sueño, 

mis ojos avanzan 

como un resonar de párpados y sal. 


Es la alteración del acercamiento, 

pupila en el vaso medio vacío 

sobre la imagen común. 


Todo lo que aparece traspasa la voluntad del aire, 

cada geometría de mi voz aporta una caricia en el mármol, 

una conjunción de planetas. 


Mis pasos caben en el universo, 

mis ojos cerrados habitan la sobriedad de tu piel. 


He traspasado todos los costados de mi nombre, 

he visto la caricia convertirse en escorpión 

y prolongar su cola hasta mi garganta. 


Porque soy una garganta que arde, 

un arrecife convertido en saliva 

atravesándome los pulmones.


La unidad y la forma 

son, a lo mucho, constelaciones 

en mis horas de sueño, 

una despedida de relojes 

o reminiscencia de la tempestad. 


Mientras escribo esto, 

el aire me quema 

y una botella vibra lentamente junto al ordenador. 


Pienso que el devenir de las cosas 

habita sobre la mesa 

para recordarme que soy del polvo, 

que sobre la tierra 

soy un puñado de tierra 

sin intenciones de vivir. 


Emerge la clorotoxina 

desde la metafísica y la noche. 

Emerge la sobriedad 

desde el alcohol más amargo.


Porque este es un poema de ideas sueltas,

de repeticiones y estructuras 

que remiten a lugares comunes, 

calendarios oxidados, 

escolopendras en una puerta sin cerradura…


Es la monotonía de encontrarme cada noche,

exploración venática de sueños en una red de cristal. 


Este poema conserva la ausencia materna

y el odio de mi padre,

la repetición autocompasiva de mis pasos 

por el lugar de siempre, 

mientras el vaso medio vacío 

permanece vacío. 


No hay nada más, 

no existe nada en el poema, 

sino una realidad de palabras bonitas 

y un poco de alcohol 90 

para alucinarnos entre la zanja 

y el perdón.







Nelson Alonso (El Salvador). Poeta y licenciado en Letras. Ganador de los XLVII Juegos Florales de Zacatecoluca (2024) y de los XXX Juegos Florales de Santa Ana (2021). Autor de Basta de anécdotas en la poesía (2023) y de Autobiografía de mis pasos (2025). Dirige el proyecto de difusión literaria Una verdad sin alfabeto.

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