top of page

Sobre Estrellas que nacen en cunas de polvo, de Laura Vadillo

  • hace 2 días
  • 7 Min. de lectura

Reseña por Andreas Portillo


On the way home – Theodore Kittelson, 1905
On the way home – Theodore Kittelson, 1905

La tradición del fantástico oscuro en Latinoamérica es rica y diversa. Entre los grandes exponentes del género del siglo pasado están Amparo Davila, María Luisa Bombal, Silvina Ocampo, algunos cuentos de Borges, y otros de Cortázar. Cuando hablamos de fantástico oscuro, en realidad, hablamos de una clasificación un tanto arbitraria, que, en ocasiones, se traslapa con el horror o el fantástico a secas. El fantástico oscuro, que parte de ciertas coordenadas ubicables en nuestro mundo, por otra parte, se encuentra en las antípodas del fantástico épico, de las sagas, de los grandes mundos donde rigen reglas distintas al nuestro. Este tipo de ficción, con representantes latinoamericanos como Liliana Bodoc, Angélica Gorodischer o Mariana Palova merece un artículo propio. Por supuesto, no se trata de algo jerárquico. 


De lo que se trata la fantasía oscura es de lo que Tania Pleitez Vela (2024) denomina, siguiendo los aporte de Rosemary Jackson y Farah Mendlesohn, de un modo de narrar. Según la última autora, estos modos se pueden agrupar en cuatro categorías. Tres de ellas nos interesan en particular: los relatos de cruce y búsqueda (portal quest), los intrusivos (intrusive) y los liminales (liminal). 


En los de búsqueda y cruce, los personajes cruzan un portal metafórico entre dos o más mundos. Hay una existencia normal en un mundo que identificamos como el nuestro hacia un submundo oculto donde los personajes tienen que realizar algo y luego (no siempre) volver al nuestro. En los intrusivos, es en nuestro mundo donde lo sobrenatural o imposible se filtra y causa el desorden, el conflicto que debe ser superado y el estado de cosas inicial restaurado. En los liminales, el mundo es reconocible pero las cosas se enrarecen de forma que no quedan claros ni los límites ni los hechos que son sobrenaturales en sí mismos, y prima la duda e incertidumbre. Estos últimos dos modos de narrar coinciden, en gran parte, con lo que también se ha categorizado como weird fiction. Por supuesto, estos son tipos ideales y los cuentos de fantástico oscuro suelen combinar varios de estos modos específicos de narrar. 


Algunos latinoamericanos contemporáneos que trabajan con las categorías que desarrolla Tania en su artículo y con los límites de lo fantástico y el horror son Samanta Schweblin, María Fernanda Ampuero, y Silvia Moreno García. En esta senda, el fantástico oscuro salvadoreño tiene representantes como Claudia Hernández con su trilogía de cuentos urbanos y cosmopolitas (Mediodía de frontera, Otras Ciudades, Olvida Uno), y su veta más mística y simbolista (La canción del mar); Jacinta Escudos (El diablo sabe mi nombre), Álvaro Menen Deseleal, quien reescribe a Borges en gran parte de su obra; Jorge Galán (La habitación al fondo de la casa); sorprendentemente, un par de cuentos de Horacio Castellanos Moya (Amaranta, Torceduras); y los cuentos de Pedro Romero Irula (La llegada del mundo invisible). 


Los cuentos de Estrellas que nacen en cunas de polvo de Laura Vadillo se pueden pensar en la línea de esta tradición de latinoamericanos y salvadoreños, y con lo que Pleitez, Jackson y Mendlesohn nombran un modo particular de narrar. 


El libro tiene ocho cuentos que oscilan entre las diez y doce páginas de extensión. Esto es ya una gran virtud y algo que sitúa a Laura en un plano distinto, fuera del lugar seguro por el que apuestan narradores noveles: el microcuento. El subgénero azota nuestro país como un invierno que se extiende más de lo normal, que nos priva de verdaderos universos y proyectos narrativos al ofrecernos escenas, postales, parrafitos, y supuestos intentos de historias ingeniosas que dejan al lector más vacío que nunca y con una profunda insatisfacción. 


Laura no le teme a la extensión ni a la tensión entre ternura y oscuridad, deseo y hostilidad, pulsión de vida y de muerte que se asoman en cada uno de sus textos.  A la vez, apuesta por cierta universalidad en sus historias, sin dejar de ser profundamente salvadoreñas. Una prueba de ello es el primer cuento: Todo es culpa de las hormigas. En este cuento liminal, un ama de casa de clase media alta vive una vida aparentemente idílica y espera con ansías poder celebrar junto a su marido su aniversario de bodas. Pronto, las hormigas y el deterioro mental de la protagonista revelan lo que ella (y la sociedad salvadoreña) ha intentado reprimir: la profunda violencia de la división sexual del trabajo, el trabajo doméstico no remunerado, y la poca independencia (económica, existencial, espiritual) de la protagonista al estar atrapada en un matrimonio tradicional que todavía hoy en día se promueve como algo deseable por la extrema derecha a nivel mundial. 


El Rey de las nubes, por otra parte, es un cuento aparentemente de búsqueda (portal quest) en el que una niña asciende desde el infernal tráfico de una metrópoli asfixiante hasta el reino de las nubes donde sostiene una charla con un ser enigmático. En su desarrollo, el cuento muta a uno liminal, con una resolución que se presta a varias interpretaciones. 


El siguiente cuento, Los ayeres, es un poco más directo y oscuro: un adolescente se encuentra con una píldora mágica que le permite revivir recuerdos y regodearse en la virtualidad de las decisiones que no fueron tomadas en las líneas temporales que se cerraron al hacer su decisión original. Este cuento en apariencia simple y con un tema trabajado hasta el hartazgo por cientos de narradores y producciones hollywoodenses, en realidad tiene una gran profundidad y originalidad. No solo por el hecho de actualizar el tropo las realidades y universos paralelos, la adicción, la depresión y la idealización del pasado, sino porque su protagonista es un adulto joven, solitario, paralizado y sin herramientas para afrontar la vida. En cierta medida, es un cuento sobre una gran franja de la humanidad que en este último cuarto de siglo ha vivido experiencias como la adicción a la gratificación instantánea, la perdida de horizontes, o el aislamiento. Esto ha sido poco tratado en la literatura nacional. 


El cuerpo de Susana es quizás el cuento más enigmático, uno de cruce y búsqueda, donde aparentemente las cosas salen mal. La protagonista, nuevamente, es una niña que se encuentra con un ente sobrenatural. En este cuento el ente está atrapado en un árbol. La protagonista, que siempre odió la prisión de la carne, la entropía a la que todo ser vivo y el universo mismo debe someterse según la segunda ley de la termodinámica, la corporalidad y sus normativas y limitantes, le va dejando órganos hasta que se convierte en algo nuevo. De forma consciente o inconsciente, el cuento tiene puntos de contacto con grandes corrientes de pensamiento de esta época, como el extincionismo, que aboga por la extinción voluntaria y gradual del ser humano para salvar al planeta y a los seres no humanos de la destrucción; el transhumanismo, que propone que un día podremos abandonar nuestros cuerpos orgánicos y replicar el contenido de nuestros cerebros en una copia de transistores electrónicos; y el antinatalismo, que propone que traer hijos al mundo es lo más violento que alguien puede hacer, pues es condenar involuntariamente a alguien a una vida de sufrimiento, enfermedad y muerte, cosas que son inevitables según religiones antiguas y la ciencia moderna.


En Divina comedia y Presagio de muerte predomina el tema tanático. Laura demuestra que no le teme a ninguno de los Grandes Temas de la condición humana. El primero tal vez sea el menos original de la colección, al ser una especie de homenaje ultramoderno al clásico de Dante. El segundo de estos dos cuentos, sin embargo, de naturaleza intrusiva, tiene dos elementos fantásticos geniales: un hombre que se puede convertir en un animal salvaje trata de engañar a la muerte. La reiteración de la leyenda de los nahuales y la historia arquetípica de la inevitabilidad de la muerte encarnada en una forma antropoide que toca las puertas de un protagonista, como cuentos independientes, tal vez habrían quedado malogrados.


La carretera es otro cuento liminal, críptico y simbólico, donde predomina el tema de la soledad y la incomunicación. Tal vez sea el que se alinee más con el weird desde el inicio. Por otra parte, tiene puntos de contacto con El buey de Claudia Hernández, la perturbadora serie From de John Griffin y el absurdo de La autopista del sur de Julio Cortázar. De alguna forma, también es un cuento de fantasmas, de lo aterradora que resulta la eternidad, del trauma intergeneracional de un país como el nuestro, de todas las víctimas anónimas que han sido olvidadas por la Historia. El médico y el diablo profundiza en el tema del sufrimiento. Es un relato de búsqueda y cruce no tradicional, donde un médico, al servicio de los torturadores y carceleros de un demonio, tiene que curar las heridas de este para que lo puedan seguir torturando ad infinitum. Por supuesto que, pronto nos damos cuenta de que el demonio tiene cierta dimensión humana, profundidad y sensibilidad, al mismo tiempo que el médico se pregunta si él conserva esas cualidades al prestarse a una institución que no busca aliviar el dolor, sino todo lo contrario: hacer sufrir a los prisioneros como un fin en sí mismo. Es un cuento con gran potencia y, si fuese más situado y despojado de algunos elementos predecibles, se podría haber convertido en un clásico de nuestra narrativa de ficción. 


El lenguaje del libro está muy bien trabajado y pulido. Sin embargo, a veces hay frases hechas, lugares comunes, y clichés como indecisión del registro que se ha elegido para narrar los cuentos. Existe una tensión entre el lenguaje utilizado en el Young Adult o novelas y relatos pensados y destinados para un público lector aún en formación, y el lenguaje literario serio, adulto, sin concesiones ni preocupaciones impuestas por la camisa de fuerza del marketing.  Otra muestra de esta tensión al interior del texto son las ilustraciones que acompañan los textos. Por una parte, una interpretación particular de los cuentos, valiosa en sí misma; por otra, una subestimación a la imaginación del lector, a lo que puede llegar a imaginar por su cuenta. Es un debut literario valioso, raro, con aciertos y defectos. Ojalá que mucha más gente se anime a leerlo y que Laura siga escribiendo. La literatura nacional necesita tanto lectores como escritores con esta ambición.

















Estrellas que nacen en cunas de polvo, Laura Vadillo, Editorial Ojo de Cuervo, 122 páginas.  


Referencias

Pleitez Vela, T. (2024). “Avatares emocionales, el acto escritural y condiciones adversas. Dos cuentos fantásticos: Horacio Castellanos Moya y Claudia Hernández” Orillas. Rivista d’Ispanistica, (13), 1–22.


 
 
 

Comentarios


bottom of page