Sobre El perro en la niebla, de Roger Lindo
Reseña de Andreas Portillo

¿Es posible decir algo nuevo sobre la guerra civil salvadoreña? ¿Se puede narrar el conflicto armado más allá del testimonio, a través de la narrativa? Además del cinismo y la tragedia, ¿es posible narrar esa época desde otras sensibilidades? Sí, sí y sí.
Son pocos quienes lo han hecho. Quizás las heridas están demasiado frescas. Quizás es otro síntoma de lo estructuralmente escuálida que es la producción literaria nacional. Quienes protagonizaron la guerra civil se han decantado por otros géneros como el testimonio, las memorias, la biografía y la poesía, para hablar de ella. Las generaciones de escritores posteriores quisieron contar su contemporaneidad desligándose del tema.
Entre las excepciones, quienes escribieron narrativa compleja que reflejaba las contradicciones de los ochenta, mientras la guerra seguía desenvolviéndose, se pueden encontrar novelas como El traidor de nunca jamás de Rafael Menjívar Ochoa, La última guinda de José Rutilio Quezada y La diáspora de Horacio Castellanos Moya. Ya en la posguerra, algunas formas de tratar directamente la guerra civil se pueden encontrar en la obra posterior de Horacio Castellanos Moya, como La sirvienta y el luchador, e igualmente, en autores de otras generaciones, como Roza, tumba, quema, de Claudia Hernández.
Una novela que va más allá de las dimensiones trágicas y una aproximación cínica, que narra desde otra sensibilidad y que se aleja del testimonio es El perro en la niebla de Roger Lindo. Publicada en 2011, y leída en 2026, esta novela posee gran actualidad, porque sus protagonistas se enfrentan a un gobierno autoritario cada vez más asfixiante y represivo. La novela, narrada en primera persona, sigue la militancia urbana y el paso a la clandestinidad de José, un joven de clase media entrando a la adultez que trabaja como editor en un periódico. En cierto sentido, y como también lo será la siguiente novela de Lindo, La isla de los monos, es una novela de la llegada a la adultez combinada con el despertar político, un coming of age con la particularidad de estar ambientado en una urbe hirviente de violencia política y lucha de clases, para luego pasar a uno de los frentes de guerra rurales cuando estos ya están constituidos formalmente.
José, el protagonista, inicia su narración con reuniones clandestinas en un local sindical; pintadas de consignas revolucionarias; la organización de una huelga en una fábrica de bebidas que se transforma en una toma; las hormonas a flor de piel. ¿Puede haber algo más emocionante?
De igual forma, el desentrañamiento de ese mundo de la militancia clandestina, la proletarización del personaje, la caracterización de la ciudad de San Salvador y su zona metropolitana como lugares llenos de vida resultan fascinantes, como también el punto de vista revolucionario del personaje, lejos del dogma y del desencanto resulta algo novedoso, pues nos acerca a cómo pensaban y sentían los militantes de aquella época. A su vez, la necesidad de tomar las armas queda desarrollada de forma orgánica, mediante la exploración de la pobreza urbana, la explotación, la represión homicida, y el discurrir vital de los obreros de la fábrica de bebidas a los que José conoce de cerca.
Por otra parte, hay un conflicto entre la vida cotidiana, la familiar y la militante del protagonista: tiene que cumplir con sus responsabilidades en el periódico en el que trabaja tras haber abandonado una carrera universitaria, atender reuniones secretas, asistir a prácticas de tiro y a marchas multitudinarias que se tornan en enfrentamientos armados con el ejército. También convive con su familia con quienes debate de política y a los que cada vez es más difícil de ocultar su vida militante. Eventualmente José se convierte en amante de Ana Gladys, una de las obreras militantes que aparece en los primeros capítulos. En suma, en la vida del protagonista y sus pares hay un descubrimiento de la vida misma: el amor, el cine, la marihuana, el duelo y la emoción de logros tácticos y estratégicos en la situación excepcional del proceso revolucionario. Dicha situación somete a los protagonistas a hacer decisiones difíciles que suponen un cambio de vida radical.
Cabe resaltar que la transformación de José es fascinante, no solo porque se va adentrando en ese mundo secreto y clandestino y participando de operaciones armadas, sino porque también conoce personajes que amplían su mundo -y el nuestro- como los estudiantes militantes de Santa Ana, que a pesar de la posibilidad de ser reprimidos por el ejército organizan una marcha pública, organizadoras como la Negra, expertos conspiradores como Chico, o camaradas volátiles como Patricio. Gran parte de la novela puede leerse como un thriller político tratado de una manera magistral, teñida por la emoción de la juventud y la emoción de formar parte de un movimiento que puede cambiar el rumbo de la historia.
Pero el paso a la clandestinidad y la prioridad de la lucha revolucionaria no significa que la vida de José se vuelva gris, militarizada y mortalmente seria. El protagonista y sus camaradas experimentan docenas de complicidades y momentos tiernos, como una boda secreta en la playa y conversaciones donde se cuentan sus vidas o se confiesan miedos.
De cierta forma, el protagonista y la ciudad van perdiendo su inocencia al mismo tiempo. Llega un momento en el que la represión estatal y paraestatal adquiere unas dimensiones tan brutales y homicidas, que José tiene que abandonar la ciudad. Es en estos cinco capítulos finales donde Lindo trata la crudeza de la guerra en el campo. Es ahí donde José experimenta realmente la nostalgia y la soledad por primera vez. Y, sin embargo, la vida sigue valiendo la pena:
“A veces, antes de acostarme prendía mi linterna de mano, contemplaba su filamento incandescente y evocaba las calles de mi niñez bañadas en luz municipal. Una noche, perseguidos por una fuerza más numerosa y mejor armada que la nuestra, trepamos a un pico altísimo de cuyo nombre no puedo acordarme. Al coronarlo, un vasto resplandor lejano me golpeó de frente y estuvo a punto de derribarme: era la ciudad, mi ciudad, en la lejana lejanía, amada y cruel” (p.177-178).
Por supuesto, la novela no es perfecta. Hay cierta condescendencia del protagonista (puede que también del autor) con el sector obrero, especialmente hacia Ana Gladys. Hay cierta predominancia de lo masculino, la valentía y el arrojo como los valores fundamentales de un revolucionario. Y, a pesar de no ser un testimonio, hay una mirada que predomina: la de la clase media urbana. Esto es un defecto, si se piensa que una novela de la guerra civil debe expresar diversas experiencias y recorridos de quienes la protagonizaron, pero también puede considerarse una virtud. En la honestidad y minuciosidad del punto de vista tan singular de vista radica la potencia y la frescura del libro.
Creo con convicción que esta novela y las otras mencionadas en esta reseña son los primeros ladrillos de la narrativa de ficción que trata directamente sobre la guerra civil, edificio que construirán tanto quienes vivieron la guerra, como generaciones de escritores que nacieron después, ya con cierta distancia emocional de los hechos. Quizá también lo hagan algunos que aún no han nacido. Salvando las enormes distancias del mercado y la producción editorial pienso en el ejemplo de Almudena Grandes, Javier Cercas y muchos otros que escribieron novelas profundas e innovadoras sobre la guerra civil española décadas después de que esta sucediese. La guerra civil salvadoreña es y será un tema importante para la narrativa de ficción, porque sigue siendo el proceso histórico más significativo de la historia reciente de nuestro país. Este hecho, aunque en los discursos públicos de los fascistas de turno se trate de distorsionar sus causas y efectos, es innegable, como por otra parte también demuestra el respaldo a megaproducciones exotizantes y superficiales como Luciérnagas en el Mozote (2025). La historia nunca está a salvo, es un campo de disputa perpetuo, y la narrativa de ficción otro de sus frentes.
El perro en la niebla, Roger Lindo, DPI, 230 páginas.





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