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Tercera Estación Literaria: Tomás Andréu

hace 27 minutos
5 min de lectura

The Subject and His Skeleton (1897). Anónimo.
The Subject and His Skeleton (1897). Anónimo.

Es un honor para nosotros publicar una breve —pero significativa— selección de la poesía de Tomás Andréu. En el breve recorrido que llevamos explorando la literatura salvadoreña contemporánea, nos dimos cuenta de que Andréu, un poeta de verso breve y absurdo, aún no tiene el lugar que merece. Por ende, para evitar un injusto olvido, creemos necesario hacer un aporte para que estos textos salgan de los círculos literarios, pues su tratamiento de ciertos temas universales es, al mismo tiempo, original, accesible, y profundo, y nos ofrece un poco de claridad en este mar de insensatez llamado vida. 


La actual selección proviene de su único libro de poemas en circulación, El disfraz de los impulsos, un gran trabajo recopilatorio realizado por el escritor Jorge Ávalos, y publicado por la Editorial Universitaria en 2025. De las cuatro partes del libro, se han retomado dos: Café para tres, y De ningún lado hacia ninguna parte, quizá las dos mejores. El criterio de esta antología se basa en dos de las preocupaciones del poeta: la muerte y el existencialismo. En otros poemas, el sujeto lírico trata principalmente el amor no correspondido o las consecuencias del tiempo, pero opinamos que las temáticas mejor desarrolladas de Andréu son las dos primeras.


Su poesía contiene una profundización de distintas facetas de esa dimensión desconocida que es la muerte. Por ejemplo, en III de Café para tres, hay una perspectiva tierna sobre morir: la tierra, como madre, nos recibe alegremente de vuelta en nuestra etapa postrera. En otros versos, aparece una muerte que es más bien la vida nueva (¿Muerto? ¡Nunca!); la memoria del difunto como inmortalidad; o la muerte de mártir causada por el peso —muy pesado— del absurdo de la cotidianidad (Augurio).


Del mismo modo, su existencialismo es imperante. Nada menos que admirable es la manera en la que Oquedad pulveriza los componentes de la experiencia humana con imágenes agudas y precisas, burdas y preciosas, con una estructura consistente y fluida, y un verso final atronador. Es un poema excelso, de una carga filosófica intensa que demuestra nuestra insignificancia. ¿Quién? es otro gran ejemplo. Sus versos son preguntas generalmente absurdas que gradualmente van desde lo concreto hasta lo abstracto; de hecho, hasta parece que la abstracción contamina por un momento el lenguaje, porque Andréu juega con sus límites en el penúltimo verso: ¿Quién es quién a quien preguntamos? Dichas preguntas parecen ser retóricas, pero más bien se dirigen a lo divino, ¿o habrá alguna persona capaz de responder por todo lo que el yo lírico cuestiona?


Como siempre y como nunca, esperamos haber hecho justicia con esta selección. Para esta labor, hemos tratado de rastrear otras antologías. Hasta donde sabemos, se publicaron dos antologías en papel por Vladimir Amaya donde aparece Andréu, pero ya no están en circulación. Por lo demás, aquellas que hemos encontrado, muy escasas, están en línea. No obstante, la mayoría son meras recopilaciones casuales, sin un criterio trazado, con poemas de temas dispares, y de hace unos lustros, por lo que nos atrevemos a decir que esta es de las mejores curadurías hechas sobre el poeta. En línea, al menos. Así pues, la presente Estación Literaria es un pequeño esfuerzo por avivar la llama de su obra, pues Tomás Andréu ya no está entre nosotros, pero, a la manera de Blas de Otero, nos queda su palabra. 


Para conocer más de la obra del poeta, El disfraz de los impulsos se encuentra a la venta en la Librería Universitaria de la Universidad de El Salvador. Finalmente, solamente queda reiterar nuestro agradecimiento hacia Andy Martínez, hermano y albacea de Tomás Andréu, quien depositó su confianza en nosotros para socializar su arte.


De Café para tres


3


De morir, lo bueno es el abrazo

de la tierra en sus sueños:

ve tantos hijos

en cada puñado de polvo.



De De ningún lado hacia ninguna parte


Augurio


Moriré loco,

maldiciendo nombres terrenales y celestes,

haciendo epitafios en piedras y árboles

de muertos que nunca vivieron.


Moriré entre las multitudes,

como mueren los verdaderos solitarios:

entre voces propias y ajenas,

entre cruces y nombres desconocidos,

entre aguas enfermas y aromas de flores extrañas,

entre horas prestadas y compañías hostiles,

entre el destierro de tus brazos

que nunca me conocieron,

entre el miedo interminable

de quien no conoció

y siempre supo su destino.


Moriré loco,

moriré en mi exilio interior,

donde ningún alambrado me venció,

donde los frutos fueron siempre longevos

y las tardes una calma gris,

como aquella de la que no volví

mientras escribía en una piedra tu nombre.


Oquedad


Somos efímeros:

un relámpago en medio de la noche

sería más longevo que toda nuestra existencia

y el fulgor de una hebra de tabaco,

ardería más que todos nuestros sueños.


Somos decadentes:

un perro putrefacto bajo el sol del mediodía

sería un surtidor benevolente de retribución a natura

y sería algo nuevo bajo el sol

más que todo el fruto de nuestras manos.


Somos pequeños:

una ola del azul y profundo mar

sería más esbelta que nuestras ideas,

y en la solaz orilla de la playa un nombre sobre la arena llegaría lento al olvido, después del nuestro.


Somos desolación:

el yermo Sahara en su vasta soledad

sería más fértil que nuestro enjambre de esperma

y la infinita arena que el sol hace relampaguear

perviviría más que toda nuestra descendencia.


Somos efímeros,

somos decadentes,

somos pequeños,

somos desolación.

Somos el poema que nadie acaba.


¿Quién?


¿A dónde va la mirada cómplice de los días muertos?

—¿Y el fulgor de tu nombre brillando en la punta de mi lápiz?— 


¿Quién recogerá aquellas hojas molidas en nuestras manos tiradas al viento y acunadas en el lomo de aquellas aguas sucias y pestilentes?


¿Quién entregará las cartas nunca escritas al destinatario de siempre?


¿Quién seguirá empujando el suicidio de uno y el asesinato del otro?


¿Quién adoptará al perro de tres patas con manchas negras en el hocico?


¿Quién responderá las preguntas de los hijos no concebidos?


¿Quién desde la vida nos responderá en la muerte?


¿Quién justificará este silencio que nadie conoce?


¿Quién escuchará el grito atormentado y silencioso que muere de desesperación?


¿Quién nos dará el significado del arrepentimiento sin ser culpables?


¿Quién es quién a quien preguntamos?


¿Quién es quién y dónde queda quien habla?


¿Muerto? ¡Nunca!


Yo nunca seré un muerto:

Alimentaré gusanos que serán mariposas,

vendrá la lluvia y hará florecer de mis huesos

un generoso jardín para las hormigas.


Yo nunca seré un muerto:

Nutriré los árboles y seré nido y pan para aves,

y el viento me hará pernoctar de hoja en hoja:

seré clorofila, savia, polen.


Yo nunca seré un muerto:

El sol dorará mi piel

y los cuerpos celestes reverberán en mí

y en su luz me conjugarán.


Yo nunca seré un muerto,

porque de mis residuos,

de mis sedimentos,

habrán nacido otros como yo.



 
 
 

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